El desarrollo cultural en Chile, llevado a cabo por el Estado e iniciativas privadas, ha modificado la relación que hoy tenemos respecto a las disciplinas que componen dicho espectro. Sin embargo hoy ¿Nos culturizamos porque somos cultos o somos cultos porque nos hemos culturizado?
La pregunta deja las puertas abiertas ante la paradoja –al parecer invisible- para quienes han dirigido la “gestión cultural” en Chile desde el año noventa hasta hoy: identificar el sentido de las acciones culturales.
Se nos ha dicho -a nosotros ciudadanos que hemos recuperado (que no construido) una democracia- que estos últimos 20 años han sido los más exitosos de la era republicana. Las cifras macro así lo señalan (de economía, de salud, educativas e infraestructura) ¿y las culturales? Bueno, en 2004 fue creado un descentralizado Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (sede en Valparaíso). Su dirección ha estado a cargo de dos ministros (José Weinstein y Paulina Urrutia), donde el Fondart en la primera versión (1992), dispuso de $ 1.874 millones. Para el año 2008 dicho monto se ha sextuplicado superando los $ 12.000 millones.
Entonces ¿Ha sido exitoso? El desarrollo de la oferta cultural en Chile entre los años 1990 y 2010 es indiscutible en diversas disciplinas: danza, fotografía, cine, teatro, música. Sin embargo ¿cómo se tradujo esto en la vida cotidiana de las personas? ¿Cómo se ha ido incorporando la cultura en la ciudadanía? ¿Cómo la extensa cartelera cultural ha sido recibida por los chilenos?
A mi juicio, el festival de Teatro Santiago a Mil refleja los principales elementos de la forma de hacer cultura en las dos últimas décadas: 1. Ligada exclusivamente a la entretención. 2. Asociada a un patrón de consumo económico. 3. Con contenidos altamente homogéneos.
Estos tres puntos han provocado un quiebre en una forma tradicional de entender la cultura, es decir como un reflejo de lo que sucede en la sociedad. Dando paso a una cultura que se consume económicamente.
Quienes han tenido la oportunidad, el tiempo e interés para ir a ver alguna obra del festival Santiago a Mil 2010 -de danza, música o teatro-, habrán reparado en el abundante material de difusión que precede y antecede a cada una de las obras. Todo este material va dirigido a un público, con bagaje o iniciado, para que pague la cultura. ¿Y la Pequeña Gigante? ¿Y los conciertos y obras gratuitas? Eso es 100% entretención, absolutamente desvinculada de contenidos y mensajes: diversión vacía.
Respecto a la homogenización de contenidos hay que remitirse a los actores y directores que han estado presentes en los últimos certámenes.
Esta forma de culturizar ha ido consolidando en Chile a los ciudadanos del siglo XX y consumidores del sigo XXI que anunciaba Nestor García Canclini.
Se han creado ciudadanos vacíos de contenidos y mensajes (político, educativo, nacional, pluralista) Se ha perdido el para qué de la cultura, quedando un purismo, un ethos aséptico. Aproximándose a un espacio exclusivo de entretención y/o por el cual se debe pagar, dejándola en el mismo estatus que un concierto de Madonna.
No basta con ver en los afiches a Delfina Guzmán sosteniendo un corazón humano ni oírla presentando cada obra. Tampoco a Catalina Saavedera hoy mediatizada como La Nana.
Sin embargo hay casos distintos donde se abre un camino hacia la reflexión: Tres Marías y una Roza y Los Payasos de la Esperanza. Sobre todo si ponemos atención al proceso en que fueron creadas dichas obras y al mensaje que hoy pueden entregar.
Enero es un mes de fiesta cultural en Chile. El despliegue informativo del Festival de Teatro a Mil ha demostrado haber recogido la experiencia de las ediciones anteriores, para posicionarse hoy con una madurez –cuando menos en los ámbitos de comunicación y selección de obras- de países con una basta trayectoria cultural. Cierto es que aún quedan desafíos –profundizar la descentralización y gratuidad, calidad de las salas y protocolos de seguridad para eventos masivos- pero las mejoras que se proyectan son auspiciosas si vemos retrospectivamente lo que era este festival en la segunda mitad de los noventa. Eso si, no podemos perder de vista el para qué y para quién se hace la cultura.



Twitter
Myspace
Digg
Del.icio.us
StumbleUpon
Slashdot
Furl
Yahoo
Technorati
Googlize this
Facebook
Meneame
Comentarios
Si el intento del artículo fue hacer una crítica a las políticas culturales de la Concertación, asumiendo que el festival Santiago a Mil es su más acabada expresión, el resultado de la reflexión deja que desear.
Toda crítica es legítima, pero debe hacerse con una mirada de contexto que aquí no encuentro. ¿Acaso el desarrollo sostenido en bibliotecas públicas, en museos, en infraestructura cultural en regiones, no cuenta? ¿Y la inmensa cantidad de contenidos culturales subidos a la red tampoco sirven?
En estos casos, que los conozco de primera mano, te puedo responder a tus preguntas: miles de ciudadanos con acceso a una oferta cultural permanente que hace 20 años no tenían.
Saludos.
Sin embargo el hecho de que las producciones masivas sean de entretención solamente no quiere decir que la producción cultural sea sin sentido en el resto de las iniciativas llevadas a cabo.
El caso de una sociedad cultural, primero no puede dejar todo su énfasis en un mes del año, no puede dejar que además sea administrado por el mercado lo que potencia, ya que al menos en el caso de los fondos, esto se traducen en la ayuda a la producción y no en la distribución, dejando que los que se produjo quede al arbitrio de los que lucran con la cultura.
Es un tema en todo caso que se reconocen avances, pero quizás todavía inocuos para pensar en una sociedad que realmente "consuma" cultura.
Suscripción de noticias RSS para comentarios de esta entrada.